Sobre Ricardo III —- Los monólogos de la clase —- Los personajes

Ricardo III

Marco Antonio Juárez

Hola ustedes, sí, saben que les hablo a ustedes. No sé qué les dijeron, pero quizá sean mentiras, quizá sean mentiras que ustedes mismos se contaron. ¿Están seguros de que se trata de mí? Bueno y si así fuera, y si hubieran sido ciertas y le agregáramos que además de eso, me puse a cocinar fetos y los di de comer en la cena del otro día mientras brindábamos. Disfrazando su sabor con canela y albahaca. Y si además de eso, le colgáramos a mis antecedentes morales la pederastia con niñas de cuatro años, o la zoofilia con  cachorritos  básicamente recién nacidos, porque me gusta sodomizar a las niñas. ¿Qué pasaría? Sí, lo sé, dirían que soy un puto asco y una mala persona (quizá con más maldiciones y un lenguaje más vulgar que el entendible en la palabra “puto”).

Pero asumámoslo, en primera no lo hice, en segunda, quién no es una mala persona. Si pudiera, como dice el cliché, les mostraría que mi sangre es tan roja como la suya; pero les puedo mostrar mis mocos y mi sudor, hasta las cursis lágrimas; mi mierda huele a mierda igual que la tuya, y no a rosas. ¿Qué?, ¿les asusta mi lenguaje? Lo siento, no quería ser agresivo. También puedo ser lindo. Desearles un bonito día, unas excelentes lunas, y interceder ante el destino (si es que existe) para pedirle indulgencias por sus pecados.

Yo soy el que le ganó el trono a Eduardo IV, con las batallas de Barnet y Tewskebury, en el 71 de hace más de quinientos años. Y también soy el que murió en la batalla de Bosworth, rodeado como un jabalí por mis enemigos, y con el golpe fatídico en la nuca dado por Sir Wylliam Gardynir, catorce años después, a la edad de 32… con mi muerte se da fin a la Edad Media y paso al Renacimiento. Yo, hijo de Ricardo, tercer duque de York, el último monarca de la casa de los York, y también el último rey inglés en morir en una acometida. Yo, duque de Gloucester, Rey de Inglaterra: Ricardo III. Ricardo, el cojo, feo y jorobado, al que los perros le ladraban apenas lo veían; Ricardo, el único rey manchado de tanta sangre, incapaz de sentir algo por alguien más que no fuera él; el encantador villano que solo quería ser rey para ser querido, o ser temido (cosa bastante similar en aquellos tiempos). Es más, esa es la intención de este monólogo, mostrarles que no era tan malo y con suerte quizá alguno de ustedes puede serlo más que yo.

Ustedes me ven con los ojos de su época, con los juicios que les han dicho que deben hacer, de lo que son las personas; porque después de quinientos años, matar se ha vuelto un acto aborrecible que, sin embargo, muchas veces era lo que nos mantenía con vida. Matar o morir, así de simple, la espada terminaría en el cuerpo de alguien y yo no iba a dejar que fuera el mío. ¿Acaso alguno de ustedes dejaría que fuera de esa manera?, ¿le pondrían su daga en las manos a alguien que supieran sería capaz de hundirla hasta el fondo de su pecho? No, al menos sin tener otra daga oculta para asestar el golpe primero, una daga más filosa, más mortal: las palabras. Esos entes alados con los que todos aquí trabajan, y que son capaces de matar a alguien e inmortalizarlo al mismo tiempo ¿quién de ustedes no ha usado las palabras para herir el corazón sin penetrar la piel del otro?; una daga bañada con la ponzoña del poder. Dos de las armas más poderosas de todos los tiempos, la mano detrás de la mano que empuña el puñal.

Tienen razón, soy lo que llamarían un tirano, no sé por qué, mas lo soy; pero casi nadie recuerda que intenté limar los poderes de los nobles y los alguaciles, e instauré el uso del inglés en los tribunales, en lugar del francés, para así beneficiar al pueblo; ni que junto con mi esposa, la reina Ana (a la que nunca le fui infiel, cosa que sí hizo mi hermano Eduardo con Isabel), creamos el Queens’ y el Kings’ College de Cambridge, y las reformas que apoyarían a los comerciantes del reino y también quitarían poder al clero y la nobleza; razones por las cuales, se fraguó mi derrocamiento ¿Acaso no pueden ver lo que hubiera sido del reino con un rey alcohólico, o un niño capaz de ser manipulado por imbéciles como Hastings? Pero basta de historia difícil de comprobar, y que quinientos años han sumido en un velo de niebla tan espesa que es imposible ver nada. Además me agrada esa personalidad que el joven Shakespeare me dio en su tragedia. Un ser sin escrúpulos ni confianza en nadie más que su sombra, que irónicamente murió por la traición de Stanley… traición, traición, traición. Todos me recriminan los asesinatos de los jóvenes príncipes (cosa difícil de verificar hasta el momento), de la reina Ana (a la que quise desde la infancia), de mi querido y alcohólico hermano George, sentenciado como traidor por los lores, y al que encontraron ahogado después en un tonel de vino, ah la ironía de la fortuna. ¿Pero alguno de ustedes puede nombrarme algún rey que no haya matado a nadie?, ¿no acaso todo muerto es hijo, padre, hermano, o esposo de alguien más? La muerte suele ser un paso para cosas más grandes; no hay reino sin sangre en sus piedras. Incluso los reinos que se inventan en sus mundos de letras, tendrán algo de sangre, mis muertes fueron para dejar algo mejor, aunque la historia no me lo reconozca. Dios también mata, y lo hace indiscriminadamente; ustedes también lo hacen en sus mundos y esos mundos son como el que habito, porque yo Ricardo III de Shakespeare, soy un personaje literario.

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Un posible monólogo para Ricardo III

Roberto Sarquis Fingerhut

Acto IV – Escena VI

La capilla del palacio. Arden dos cirios. Al centro cuelga un gran crucifijo. Entra el Rey Ricardo con una Biblia en la mano. Se sienta en una banca.

Rey Ricardo

Perro, puerco espín, sapo inmundo, he sido comparado con toda la fauna que se considera nefasta, y yo, en cambio, veo en ella sólo la fidelidad a su propia naturaleza: si la serpiente tiene colmillos cargados de veneno los utiliza para conseguir sus fines, así como he usado yo las más oscuras estratagemas y acciones para conseguir los míos. No tengo piedad, ni amor, ni miedo, nunca los tuve, más que en la máscara que he modelado y que tan diestramente porto. Mi corazón no alberga ninguno de esto sentimientos, pero mi mente reconoce en ellos excelentes medios para acceder a la debilidad de los idiotas y pusilánimes.  Extraordinaria instrucción he hallado en este libro sagrado. Todos predican el mal por el bien, el odio por el amor, el desprecio por la piedad, la mentira por la verdad: justo lo contrario de lo que su voluntad más ansía. Pero en el fondo, desean igual que yo; igual que yo albergan rencor, egoísmo y cualquier otra de las que consideran innobles pasiones, pero no se atreven a entregarse completamente, sólo coquetean con su sombra, como se coquetea con una prostituta, para luego lavar los rastros y volver corriendo a santiguarse con la esposa. ¡Ah, la conciencia! Inventada sólo para doblegar a los espíritus fuertes y para que se justifiquen a los cobardes, que saben que su negrura podría extenderse tanto como la mía, pero sólo se atreven a salir a la luz cuando el sol está en el cenit, donde parece que el mundo de las sombras no existe. Yo nací entregado a la oscuridad, ya que un cuerpo torvo, simplemente no tiene cabida para un alma recta. Siempre fui rechazado, relegado, no visto por lo evidente de mi monstruosidad física. Hasta el vientre de mi madre me rechazó, lanzándome al mundo antes de tiempo, como un escupitajo que produce asco en la boca, tratando de aniquilarme. ¡Fallido intento! El fruto aborrecido ya había sido ungido, no sólo con la deformidad del demonio, sino también con su fuerza y con su inteligencia. Y en la soledad total, sólo mi sombra me acogió, me dio de mamar y me enseño a amarme en ella. Aún más, me enseñó a leer con agudeza este libro y  a reconocer, con astucia, entre líneas de las delirantes fantasías, los hilos que mueven al mundo; así aprender a dirigir las acciones y destinos de los que me rodean, de acuerdo a mi voluntad y para mi beneficio; como lo hacen los virtuosos escritores que, con la pluma, urden en tinta negra la ventura y desgracia sus personajes. Así he escrito yo, con tinta roja, la historia de mi ascensión a la gloria. Y ahora sólo falta el último capítulo de tan magnífico manuscrito: la venganza total y la absoluta victoria.  Conviértanse los agravios en profecías: ¡qué el cerdo devastador termine por devastar a todos los que desprecio!

El Rey Ricardo se santigua y sale.

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