Sobre El rey Lear —- Los monólogos de clase —- Los personajes

Cordelia

Marcela Madariaga

Alto padre de amor inconsumado
de piel
así amorosa y escondida:

Tienes dos corazones en el pecho

Uno
se debe a Dios,
otro a Cordelia.

Al corazón cordelio le has contado
que él no dejó de amar,
que lo rechaza,
avara en su discurso y sus cuidados,
la que no hiló en palabras
su locura
y la bordó en tu enojo
y su tristeza.

Cuando airado arrojaste tu reproche:
“Tan joven y tan falta de ternura”

Jugando a los contrarios,
escuchaste,
lo que no dijo mi decir sencillo.
Es fácil no escuchar lo que te hiere.

Mi verdad duradera y sin lisonja:

Mi juventud dispuesta a no entregarse
ante ningún varón que tú no fueras.

Tu temor en voz baja te decía
“no se confunda nadie,
sé implacable”

Tomaste mi verdad como un feo paño
que antes de ser mirado alienta el fuego

Antes que tu bufón la delatara,
Antes que tu vejez la consintiera.
¿Tan joven y tan falta de ternura?

“Tan joven mi señor
y tan sincera”
Tan joven que no esquivo el precipicio
del que tu odio, amor, me recupera.

Así quieres salvarme del infierno.
Así buscas perderte en tu cabeza.

Me apagas en tus ojos me traspasas…
di a tu otro corazón que no has pecado.

No deshojas la flor
la das al aire
para que de su fruto en otra orilla
(Esta flor que es más tuya que del cielo)

No rebasas el linde que me impones
me desconoces sí, pero me guías
no dejas de ser padre ni yo hija.

Tienes dos corazones en el pecho
y con ellos me arrancas y me guardas.

Cordelia sólo tiene un corazón,
sólo tiene una flor que, aún en Francia,
conservó su raíz en nuestro duelo.

Un solo corazón tiene Cordelia
y aún enjuto te acuna en su regazo
y te arropa en mitad de la tormenta.

Por salvarte en mi amor así enloqueces.

Pende mi muerte húmeda en tu abrazo
es hija de tu sangre,
así vertida,
no en las sábanas agrias del incesto.

Si la flor marchitó, no fue en tus manos
puedes mirar a Dios sin serle ajeno.

Cuando el alma la libre de su lastre
y mi escasa substancia se aligere,
no pierdas el cordel de la locura
Cordelia se desata de la vida.

Lágrima,
estrella,
espejo subterráneo.

Es la gracia de Dios, tan imprecisa
que no sé si me acoge o me libera.

Quizás me voy al cielo por perderte,
quizás
voy al infierno
a recordarte.

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Cordelia

 Silvia Zanté Molina

       Mi nombre es Cordelia que significa la de corazón pequeño.   Este nombre Shakespeare lo tomó de las Crónicas de Holinshed.   Mi personaje en la obra del Rey Lear es ser la hija menor, soy la que más ama mi padre porque soy amorosa, dulce, bondadosa, sincera y también soy la que más se parece él.   Aunque mi padre me complace en todo y hace lo posible para que sea feliz; también soy a la que más le exige y quiere controlar.   Mi aparición en la obra ocurre, en el acto primero escena primera, cuando mi padre decide despojarse de toda responsabilidad real pero seguir manteniendo el poder y toma la decisión de repartir su reino poniendo a prueba a sus tres hijas.   La prueba consistía en que cada de una de nosotras, expresaría en palabras el amor que le tenemos.   Es cierto que esta prueba se puede interpretar como un ritual  de fidelidad del sistema donde son considerados los pros y los contras para distribuir los territorios y tejer las alianzas políticas.   Pero mi padre más que hacer este ritual hizo un acto de vanidad y soberbia; fue como si el rey exigiera tributo a sus súbditos.   Parece que él se dejó engañar por mis hermanas y creyó más en sus palabras que en sus actos; escuchó lo que quería oír y no quiso comprender lo que significaban mis palabras cuando le dije:

No puedo elevar mi corazón hasta mis

labios.   Amo a vuestra majestad tanto

como debo ni más ni menos.

Y entonces padre quisiste obligarme a adularte, y como no lo hice, recompensaste a quien lo hizo y condenaste mi franqueza. No quise ceder a tu exigencia porque eso es lo que me hace ser Cordelia, quien no desprecia su calidad de mujer a cambio del poder. Yo soy el medio por el cual el autor inicia la tragedia, estallando el conflicto.

Algunos pensaran que fue una estrategia casarme con alguno de mis dos pretendientes.   Uno el duque de Borgonia y el otro el rey de Francia, clásicos enemigos de Britania.  Al contraer matrimonio al final gobernaría los dos reinos.   Pero tengan la seguridad de que no fue así.   Porque Shakespeare a través de mi quería representar el Amor; por eso el rey de Francia aceptó casarse conmigo sólo teniendo como riqueza mi belleza física y espiritual.    También mi querido Kent al defenderme le valió ser desterrado.   Este acto fue uno más para creer que mi padre actuaba como un ser cruel y todopoderoso.   Con mis hermanas no estoy resentida porque el miedo, el enojo y la ambición las llevó a actuar como lo hicieron.   Sé que mi presencia hizo más dolorosa la situación de mi padre porque se dio cuenta de su ingratitud filial.   Pero la distancia que hubo a lo largo de la obra permitió darme cuenta que la miseria es la prueba de la que realmente surgen los verdaderos cambios y que tanto mi padre como yo necesitamos de esa prueba porque habíamos olvidado la fragilidad, la humildad y la debilidad humana y nos habíamos vuelto inflexibles, exigentes y orgullosos.   Tampoco entendía porque el autor me hizo pasar por situaciones dolorosas y desagradables.   Ahora lo comprendo, fue para representar el misterio del Amor y el eterno femenino.

 

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El Bufón

Francisco Benavides

Con el filo de esta espada os digo, mi señor, cuanta verdad le es posible verter a este vehemente trozo de carne, lengua hecha de espejo que, para vuestro beneplácito, permanece mansa o adormecida al menos la mitad de las veces, si blandiera mi arma a cada yerro de vuestro juicio no me tendríais por bufón y mucho menos por amigo. Tan cierto es que el loco ha viajado hacia el único lugar donde su cordura ha de ser nombrada como tal, como cierto es que mis labios no conocen mentira. ¿Y los vuestros? ¿Tenéis razón en el pensamiento? Haced honor a vuestro monte copado de nieve tras la tormenta de los años. Si sois tan sabio, decidme si en realidad os embargó la soledad a tal grado que, os atrevisteis a solicitar a vuestras hijas innecesarias declaraciones de un amor que dada su naturaleza, si no conveniencia, debe ser tan inconmensurable como incuestionable. ¿No hubiese causado el mismo efecto cualquier respuesta, tarde o temprano? ¿De tal tamaño era vuestro fardo que en él cabían juntas vuestra obstinación, inseguridad, y carencia de afecto? ¿No se levantaba ya el telón y os preparabais para el espectáculo? ¿Os llevó vuestra envejecida razón a creeros el viejo sabio y no el necio?

Ah, Lear, el primero en perder la vista en esta tragedia. Rey falto de juicio que, engendró en tres estocadas el presente blanco de su locura. Por sus largas barbas, como cascada escurrió la cordura, y así escurrió cada tierra, cada hija, cada casa, cada cosa, cada nombre que tuvo. Sólo uno le queda, y no por mucho. Sólo un nombre, sólo uno le queda. Loco, Lear, pobre Lear el loco, el loco Lear. De todos los nombres que tenía, sólo uno le queda… Ah, Lear, perdido antes de partir, víctima errabunda de una injuria tan sólo escuchada por sus necios oídos, rey infame caído en desgracia que ahora escala la montaña de la locura, con el brío de aquél que, abandonado por su mujer, tras años de espera conoce la tentación en un vientre advenedizo cuyo fuego ardiente le consume en deseos de compartir su lecho. He de decir que le compadezco incluso un poco más que a mí mismo. Si pudiera intercambiar lugares con Lear…ehhhmmm…no. No cambiaría una línea de verdad entre un mar de locura por un discurso tempestuoso y construido con maestría plagado de injustas imprecaciones. Lear, cuya frente ciñó esta corona ahora dividida, os compadezco. Yo, que por las noches cansado de hacer vuestras horas menos amargas me pierdo en sueños y despierto al alba a serviros sin haber probado alimento, yo, que en tiempos aciagos os digo cuanto mi entendimiento es capaz de expresar sin mayor interés que el de abriros los ojos, a riesgo de parecer un enemigo ante vuestros obscurecidos ojos. ..yo…el eterno Otro del que abjuráis, vuestra puerta a la verdad, soy camino al partir y caballo al regreso, luz en la tiniebla, ojos y nariz, conciencia que vaga hecha jirones, desterrada. Risa en la oscuridad, libro leído mil veces y ninguna entendido, fuego en el vientre del actor en escena y no zalamero aplauso de un público indolente. La semilla de la manzana, el único espejo en el cual, al veros, os reconocéis aunque os muestre tal cual sois: un bufón.

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