Sobre Othello —– Los monólogos de clase —– Shakespeare

Shakespeare sobre Otelo, el moro de Venecia

Luis Antonio Orea Morales

 

ACTO I

Escena I. Una habitación cualquiera, en algún sitio, corre el año de 1604.

(Entra William Shakespeare)

 William Shakespeare:

Antes que otra cosa os ofrezco una disculpa, sé que la obra se estrenó el día primero de noviembre, que ya estamos a siete y apenas estoy cumpliendo con esta cita que tenía con vosotros para aclarar vuestras dudas, pero entiendan ya tengo cuarenta años y en estos tiempos eso es mucho, además soy famoso y tengo más compromisos, sin contar la distancia, claro deberían haber ido ustedes y no venir yo. En fin, empecemos.

Otelo, como todas mis obras, sino es que todas, no es idea mía, se trata de un melodramático relato italiano[1] y, como es mi costumbre sólo lo conté más bonito y con más detalles, soy buen parafraseador, amo del drama isabelino, gracias a que Marlowe mi buen amigo, se murió o lo sería él, suerte la mía.

Supongo que entre sus dudas está qué tenía en mente al escribir, pues bien quería dar un mensaje, me senté y me dije, “desde hace una semana sólo pienso en los celos. Es una característica de mi carácter…”[2], así que me tomé una copita, entonces “El sutil trayecto de los celos se ilumina y veo claramente que son el paso orgulloso del amor a esta ansia de destrucción que subyace en fondo de todas las sensualidades.”[3] Me sentía mal, como con nauseas, concluí con que “hace falta que los sentimientos mueran, pues su pervivencia lleva a la locura, y los sabios llaman sinrazón a la embriaguez porque da rienda suelta a las fuerzas vitales. ¿Pero hay algo más maravilloso que trazar el dibujo de uno mismo?”[4] ¿Entienden? Necesitaba desahogar un poco de mí, hacer algo sin hacerlo yo. Comencé a escribir, esta vez no quería molestar al Estado o que se derrumbaran imperios, ya lo hice mucho, además algo íntimo me daría más libertad, el drama tenía que ser doméstico y no hay mayor drama de estos que el matrimonio. Lo primero estaba listo, me fui a buscar y encontré el relato antes mencionado ahora había que darle carne a dicho esqueleto.

Celos y dudas, todo muy obvio, había que ponerlo interesante por eso elegí, esta historia, pues qué cosa más exótica que un negro, digo un Moro, y qué mejor si tiene aires de grandeza, uno de esos que se quiere dar vida de blanco. Este príncipe africano tendría buena fama adquirida por quedar bien y para acabarlo de llevar a la civilización lo casé con una niña blanca, pequeñita e inocente mujercilla, una relación condenada desde el principio, toros y cabras no deben estar en el mismo corral, es perfecto pues quería un final mediocre y no uno grandioso. Bueno a todo esto como arruino la felicidad otorgada a un desdichado, me muestro, digo, creo a Yago, este se encargaría de hacer las cosas bien por el drama, para demostrar lo que quiero.

Yago es la maldad pura, el diablo mefistofélico, aquel que pone a prueba a los hombres para conocer su naturaleza y castigarlos, es mi héroe. Bueno en mi concepción, Otelo también lo sería, mis héroes son hombres desesperados y recordad, “existen dos clases de desesperación: la de no querer ser uno mismo y la de querer serlo”[5]. Otelo es el moro que no quiere ser moro, debe ser castigado por no aceptarse y Yago sólo quiere ser lo que él cree que es, por esto lo usé para castigar al otro y después recibir su propio castigo. Pobre Yago, lo puse a platicar cosas al público para que este se identificara y que el mensaje le quedara claro y grabado a fuego, era la segunda meta, aunque el mismo personaje no sabe ni porqué hace las cosas. Yago sólo quiere hacer el mal, no se sabe explicar, dice que son celos pero es afición por dañar, tiene un poquito de aquel viejo Puck. Puse en Yago un poco, bastante, de mí, no puede hacer nada por sí mismo pero puede influenciar con sus palabras para que otros lo hagan; quiere ver hasta donde llega el humano en la traición a su propio ser, lo hace con Otelo, lo hace caer en el error, cometer el crimen, declarar culpable y pagar sentencia, todo de Otelo para Otelo.

Lo hace también con Roderigo  pues que mejor forma de tener a alguien en la palma de tus manos que adulándolo, miren a la reina. Mi objetivo a esta altura de la obra está a punto, siento algo de desprecio y quiero mostrar porqué.

Otelo me sirve para ejemplificar que el ser humano  teme sólo a lo que sabe que él es capaz de hacer, es uno de esos tipos que se sienten tan grandes que cuando una diminuta espina se clava en su talón no la pueden alcanzar y creen de morir por el dolor y la impotencia, entonces muestran su verdadera cara. Al final se hace conciente de su condición de extraño y rechazado por bestia. Yago, igual que yo, es un santo que actúa mal, se mantiene al margen viendo la naturaleza humana destruirse, sólo sembró la semilla, los demás serán los que cuiden y cosechen el fruto.

¿Que porqué le puse Otelo y no Yago a la obra? Porque en realidad la historia era en torno al moro, bueno primero escribí los actos III, IV y V, y estaba bien el nombre pero me faltaba cubrir la duración establecida así que hice el acto I y II[6], por eso los brincos temporales; la personalidad de Yago creció, se me escapó un poco y pues resultó interesante. Aunque no le vi sentido cambiarle el título, fue lo primero que tuve.

Pero bueno para terminar, soy Shakespeare y no tendrían porqué cuestionarme, vosotros me amáis, para que vean lo bueno que soy y para justificar mi mensaje a través de Yago, fui al futuro, seguro me creerán pues siempre lo hacen, aunque les mienta, y de un libro de un tal Dostoyevsky, dicen que es mi fan, y saqué esta cita “Dos y dos son cuatro, aún sin mi voluntad.”[7] Así que yo no mostré que los humanos fueran, en el fondo, malvados, o el mal de los celos, sino la verdadera y estúpida naturaleza humana. Gracias.

Bibliografía

Auden, Wystan Hugh, “Otelo”, en Trabajos de amor dispersos. Conferencias sobre Shakespeare, Trad. Gonzalo G. Djembé, Barcelona, Crítica, 2003, pp. 221-234.

Daudet, León, El viaje de Shakespeare, Trad. Xavier Roca-Ferrer, Barcelona, Barril y Barral, 2009, 336 pp.

McLeish, Kenneth, “Otelo”, en Shakespeare, una guía, Trad. Mariano García, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 1999, pp. 224-231.

Shakespeare, William, Othelo, (9a ed.), Madrid, Catedra, 2005, 296 pp.


[1] Kenneth McLeish, “Otelo”, en Shakespeare, una guía, Trad. Mariano García, Buenos Aires, Adriana Hidalgo editora, 1999, p. 228.

[2] León Daudet, El viaje de Shakespeare, Trad. Xavier Roca-Ferrer, Barcelona, Barril y Barral, 2009, 336 p. 191.

[3] Ídem.

[4] Ídem.

[5] Wystan Hugh Auden, “Otelo”, en Trabajos de amor dispersos. Conferencias sobre Shakespeare, Trad. Gonzalo G. Djembé, Barcelona, Crítica, 2003, p. 222.

[6] Shakespeare, William, Othelo, (9a ed.), Madrid, Cátedra, 2005, p. 12.

[7] Wystan Hugh Auden, “Otelo”, en Trabajos de amor dispersos. Conferencias sobre Shakespeare, Trad. Gonzalo G. Djembé, Barcelona, Crítica, 2003, p. 234.

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: