Sobre Macbeth —- Los monólogos de clase —- Los críticos

Crítico de Macbeth

Carmen Zenil

Personaje doble: una mujer y una bruja

(Entra a escena la mujer vestida normal)

Abinu shebashamaim,

yit kadesh shemeja,

tavo malkuteja,

ye ashe retzoneja,

ba aretz ka’ asher na’ asah vash’mayim,

ten lanu hayom lejem jukeinu,

u’ selaj-lanu et-ashmateinu,

ka’ asher solejim anajnu

la’ asher ashmu lanu,

ve’ al tevienu lidei massah,

ki im hatzileinu min-hara,

ki laja hamamlaja vehagevurah

vehatiferet l’olemei olamin amen.

(La mujer se viste con atuendos de bruja y prepara su caldero)

Todos están malditos, no me miren así, lo saben. Venimos del pecado original del hombre y nos ha dado forma. ¿Por qué habría de ser la historia de Macbeth una obra maldita? ¿Porque nuestros hechizos surten efecto en el público, en los actores y el autor mismo? No. Al igual que Macbeth todos ustedes albergan ya dentro de sí pensamientos malnacidos que tendrán su destino específico. Nosotras, las brujas, sólo representamos el pretexto para apresurar su alma al filo del abismo.

Tres de éste, tres de ése, y tres de este lado, nueve”.

Eso dijimos a la llegada de Macbeth. Una triqueta mayor para que la maldición se concretara. La triqueta simboliza: vida, muerte, renacimiento; doncella, madre, anciana; tierra, mar, cielo. Nueve es oscuridad, el número de la bestia. ¿Por qué no habríamos de jugar y burlarnos de la trinidad: mente, cuerpo, espíritu; unidad, dualidad y expansión?

Hécate nuestra diosa es de aspecto triplicado, la diosa de la hechicería nos dirigió para impulsar la ambición de Macbeth y su arrogancia. Muchos han escuchado promesas de victorias como profecías, creyeron en ellas por soberbia y cometieron actos indignos por alcanzar como realidad sus profundos engaños.

Ustedes creen tener el poder de juzgarnos, pero no somos culpables de la perversión que ya habitaba en el alma de Macbeth. Él como otros nos convocaron a cada momento, nosotras sólo respondemos al llamado de sus ecos en la tenebrosidad. Macbeth era un guerrero hipócrita, que se disfrazó de honestidad inconscientemente porque así obtendría algo al final. Sólo le dijimos lo que sus oídos querían escuchar para cometer con justificación el crimen de sus verdaderos deseos, que lo llevaron a revelarse como un tirano sanguinario.

La misma tentación pusimos en manos de Macbeth como en las de Banquo, la diferencia es que el primero se obsesionó con la idea, la hizo suya y el segundo se mantuvo alejado de la seducción, esperando el curso natural de los hechos. Banquo dijo:

“las fuerzas de las sombras nos dicen verdades, nos tientan con minucias, para luego engañarnos en lo grave y trascendente”,

pero Macbeth torció su mente y se alimentaría de la ponzoña por su voluntad, así viniera de nosotras como de su esposa Lady Macbeth y él se cuestionó:

¿por qué cedo a esa tentación cuya hórrida imagen me eriza el cabello y me bate el firme corazón contra los huesos violando las leyes naturales? […] La idea del crimen, que no es sino quimera, a tal punto sacude mi entera humanidad”.

Lo que eriza el cabello a Macbeth como a los demás es el vértigo, la atracción a caer en su propio vacío, ahí donde habita el señor del inframundo. Macbeth no cayó en nuestra trampa, sino en la de sus propios demonios. En sus demonios habitamos nosotras también.

Venid a mí, espíritus que servís a propósitos de muerte, quitadme la ternura y llenadme de los pies a la cabeza de la más ciega crueldad”.

Así nos convocó Lady Macbeth. Ella también sería absorbida en el espeso pantano de la crueldad que creó, nada escapa a la ley sobrenatural, el mal sabe cobrar los espíritus que le corresponden y los arrebata con sarcasmo a la luz. Macbeth lo sabía bien por eso dijo que: “la ecuánime justicia ofrece a nuestros labios el veneno de nuestro propio cáliz”, por eso quiso retractarse y es ahí donde la dualidad del hombre se define, en esa lucha interna mental, pero él recibió como golpe a su excesivo egocentrismo las palabras que serpenteaban de su mujer cuando le dijo:

¿Te asusta ser el mismo en acción y valentía que el que eres en deseo? […] poniendo el <<no me atrevo>> al servicio del <<quiero>>”.

Por vanidad se muerden muchos anzuelos.

Nadie que cometa asesinato podrá lavar la sangre de sus manos, porque esa sangre se impregna en los ojos de la conciencia. No nada más existen los actos físicos que derraman sangre, también están los otros hechos, los del pensamiento que van a las palabras, desbordan su puñal en el corazón humano y hacen que salga el llanto como sangre de una herida letal. Quien produce dolor en otro ser viviente, aunque no lo mate, también está condenado a llevar la imagen de su crimen en la conciencia y no habrá médico capaz de

tratar un alma enferma, arrancar de la memoria un dolor arraigado, borrar una angustia grabada en la mente y darle un antídoto que haga olvidar, extraer lo que ahoga su pecho y le oprime el corazón;

como Macbeth pidió cuando la locura embargó la mente de su esposa. La locura como última salida para evadir la realidad. La locura como escape al sufrimiento insondable. La locura como consecuencia de pensamientos enfermos y obsesivos. La locura como un grito interno del alma que no encuentra sosiego.

Nosotras no mentimos, desde el principio anunciamos que Macbeth sería rey y Banquo la raíz de muchos reyes. Macbeth se metió al laberinto a sabiendas que estaría perdido en un placer efímero, embelesado por la avaricia su mente se cerró y fue presa fácil.

Te diste cuenta tarde, Macbeth, de la maldición y gozamos cuando te escuchamos decirnos:

Ciñeron mi cabeza con estéril corona y me hicieron empuñar un cetro infecundo […] he manchado mi alma por la prole de Banquo, por ellos he matado al piadoso Duncan, echando hiel en el cáliz de mi paz sólo por ellos, entregando mi joya sempiterna al espíritu infernal”.

Un triunfo que sabe a derrota es lo que obtendrían Lady Macbeth y tú. Mas refrendaste tu destrucción, apostaste por el caos y reafirmaste tu elección, dijiste:

Lo que el mal emprende con mal se refuerza.

A los humanos les llama y seduce más la perdición, la liviandad, no se creen dignos de la felicidad y la rechazan en cuanto se les presenta.

Macbeth, tú nos conjuraste, pediste saber más, dejaste de confiar en lo abstracto de la divinidad para creer en espejismos que tomaron forma de espectros tangibles. Te aconsejaron:

Sé cruel, resuelto, audaz. Ríete del poder del hombre: nadie nacido de mujer a Macbeth podrá dañar. […] Macbeth no caerá vencido hasta el día en que contra él el bosque de Birnam suba a Dunsinane.

Tu mente se nutrió de superstición para despreocuparte, aniquilar todo temor y sentimiento humano, actuaste como si fueras un dios inalcanzable. Fuiste capaz de desafiarnos, ése fue tu grave error y nos ordenaste:

Tenéis que complacerme. Si me lo negáis, ¡así os caiga la eterna maldición! ¡Decídmelo!

El ser humano tiene límites, tú los quebrantaste al valerte de los espíritus que pactaron con el señor de la muerte y con ello tu alma se perdió en estas tinieblas donde habitan los que por voluntad decidieron descender y aquí estarás el resto de la eternidad: vagando, rondando como nosotras a las almas a punto de extinguirse para devorarlas y paladar en la lengua los vestigios de lo que un día fue la luz. La luz que perdimos, la luz que robamos a los que se dejen succionar el seso, la luz que por envidia haremos que pierdan los demás y más y más y más.

(La mujer se quita el atuendo de bruja)

 Creo que nuestra patria se hunde bajo el yugo, sangra, llora, y que cada día se añade a sus heridas otra cuchillada.

Fueron las palabras de Malcom. ¿Qué diferencia hay de la tiranía de la sociedad de Shakespeare a la de ahora? ¿Qué ha cambiado desde entonces? Es el discurso que da la vuelta al universo y regresa para ser exactamente el mismo. La misma avaricia que corona las sienes de los asesinos. ¿Puede nuestra patria sentirse más traicionada aún, más muerta cada día?

Las palabras fueron escritas en una mente, en un lugar, en un tiempo; siguen su curso y no caducan porque el hombre es el único que comete el mismo error más de una vez, su naturaleza no evoluciona, porque no aprende de su historia, se corrompe y en su miseria contagia a los espíritus nobles llenándolos de odio, golpeándolos para que rabien y se igualen a la podredumbre que los escupe. ¿Quién es digno de reinar, quién no se doblega ante el poder? Macduff dijo:

¿Digno de reinar? No, ni de vivir. ¡Ah mísero país! Con un tirano usurpador, de cetro ensangrentado, ¿cuándo volverán tus días de salud si el legítimo heredero de tu trono se acusa y se excluye a sí mismo, renegando de su sangre?

¿Cuántos de ustedes no podrían ser ese digno heredero que ejecute una realidad distinta y no lo hacen por pensar que el monstruo a combatir es más grande que su ideal?

Igual que Ross pronuncio:

¡Ah pobre patria! Apenas se conoce. Ya no puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba, donde, salvo al ignorante, a nadie se ve sonreír, donde no se oyen los suspiros, ayes y gemidos que rasgan el aire; donde el dolor más violento parece un vulgar trastorno. Ya nadie pregunta por quién tocan a muerto, y los hombres de bien caen antes que la flor de su sombrero, muriendo sin enfermar.

Venganza, aleja tu veneno de mi patria, gobierno de traidores y vengadores que empuñan la violencia y creen que su guerra es la más justa. Yo no creo que debamos decir como Cathness: vayamos

al encuentro del médico que ha de sanar esta nación y derramemos con él cuantas gotas de sangre purguen nuestra patria.

Ya de sangre se ha colmado este suelo y eso sólo ha propiciado el nuevo desbordamiento de ríos rojos. La violencia no termina con la violencia, la violencia reproduce violencia y hay que esterilizar ese germen con que se encumbran los ídolos falsos de este mundo. La libertad debe buscarse en el camino de la paz terrenal y espiritual.

Escuchen y aprendan de la vida de un condenado llamado Macbeth y de su sentencia final:

La vida es una sombra que camina, un pobre actor que en escena se arrebata y contonea y nunca más se le oye. Es un cuento que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada. […]  No creamos ya más en demonios que embaucan y nos confunden con esos equívocos, que nos guardan la promesa en la palabra y nos roban la esperanza.

Así termina el embrujo y es así como he despertado. Me voy, ya no tengo nada que me ate a los infiernos del hombre.

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