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Calibán

Carlos Adrián Hernández Piña 

La vida de esclavitud se ha terminado y mi corazón estalla de placer. ¿Qué debo hacer con mi libertad cuando soy rey de esta isla  encantada donde impera la nada?  Vago por este lugar como el buey de la luna, gozo  de la compañía de los fantasmas sin descanso, de los animales salvajes que son mis hermanos, de los míticos duendes y sus hongos celestiales. Ahora mi pasatiempo favorito es mirar la inmensidad del mar cuyas olas vienen a mi cual la muerte que se acerca mientras hablo.

Siempre le dije a aquel que fuera mi amo, quien me enseñó el arte de hablar, que el único provecho que tal destreza me había reportado, era poder maldecir. Pero el día de hoy haré una excepción, quiero hacer buen uso de la palabra para poder despedirme de este mundo, dado que siento un final inexorable, siento que mi vida desvanece como una alegre pesadilla.

Mi nombre es Calibán. Desde mi nacimiento fui maldito. Siempre el diabólico, el mísero, el oprimido, la cara oscura de esta tierra. Nací del vientre de la bruja Sicorax y soy bastardo del mismísimo Satanás. Por no saber ser el dueño de mi libertad, terminé siendo un esclavo sometido a la prisión de una caverna, expuesto al acoso de las víboras y los puercoespines, condenado a obedecer toda orden contraria a mi voluntad.

Hay animales que solo cometen una vez el mismo error, pero los hombres y los monstruos como yo, no somos de tal naturaleza y por ende repetimos lo equivocado una y otra vez.

Dos veces en mi vida entregué mi libertad. La primera fui seducido por un astuto y poderoso mago que llegó del occidente, Próspero, el mago de los mil libros y las palabras seductoras que me llevaron a entregar todo cuanto poseía: los hermosos manantiales, las cisternas salinas, los pacíficos parajes y las tierras fértiles, los arroyos, los desiertos y mi misma voluntad.

Caí en la trampa de su amistad,  fui encantado más que por su magia, por sus palabras, pues gracias a él, logré por primera vez nombrar al día y a la noche, al mar y las nubes, a los frutos y a mi bebida, y así también supe maldecir mi suerte. ¿Cómo se atrevía Próspero a pedir que no le insultara? Era mucho pedir que mis palabras no fueran más que befas y escarnios cuando me percaté de que estaba sometido a una vida de humillación, de soledad y de despojo donde solo estaba al alcance de mi celda todo aquello que fuera inmundicia.

Alguna vez arrojé las maldiciones de mi madre sobre la suerte de Próspero, le deseé los hechizos de todas las culebras, los murciélagos y las arañas, deseé que todas las barrancas y aguas podridas cayeran sobre él, que los pantanos más oscuros se lo tragaran y los vientos del sureste lo llenaran de pestes. Cuando tuve la oportunidad no desaproveche para urdir un plan que pudiera acabar con si vida, pues había pasado doce años reprimiendo mis rencores.

No obstante, Próspero, que gracias al delator de Ariel  se enteró de mi plan en su contra,   me dio puntual castigo y fue capaz de darme una lección que ha sido la que verdaderamente me otorgó la libertad: me enseñó la virtud divina del perdón. Solo un alma libre de culpa y llena de compasión puede ser capaz de perdonar los crímenes más infames. Muchos humanos son capaces de asesinar, conspirar, traicionar o mentir, pero ¿Cuántos seres logran tener la fuerza capaz de perdonar a su propio asesino, a su propio traidor? Por eso Próspero, ahora que estas lejos y sin el amparo de tus fantasmas bondadosos, esperando la muerte en un ducado, quiero decirte dos cosas: te perdono por haber robado mi libertad y te agradezco hasta el fin de los universos el haberme enseñado la magia de las palabras.

La segunda vez que fui esclavo, fue a causa del  error similar al anterior: haber entregado cuanto tenía a un extranjero por haberlo confundido con algún arrogante dios. Solo que esta vez no era un hechicero de palabras embelesadoras, sino un despreciable borracho que pretendía ser rey de este lugar de sortilegios. ¡Ahora me rio al recordar a un alcohólico absurdo de pretensiones tiránicas! ¡Pobre borracho, su reinado no duró más que una parranda improvisada! Pero a pesar de mi risa me queda una duda: ¿Existe o habrá existido en el mundo algún lugar cuyos habitantes sean gobernados por un ebrio enfermo de poder?

Así me declaro listo para morir. La soledad es la corona que ciñe mi reinado y mis oídos absorben los susurros, los sonidos, los dulces aires que deleitan sin hacer daño. La naturaleza es la encargada de mi dicha con su música, sus instrumentos juguetones, en mi cabeza suenan las voces que me atraen hacia el eterno sueño. Y entonces, puedo verme entre las nubes y se extienden a mi vista maravillas nunca antes vistas en la tierra, finalmente despierto, pero me angustio por querer seguir soñando todavía.

 

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CALIBÁN

Carmen Zenil

 

Ban, ban, ban, Calibán, Calibán, caní-bal, caní-bal, Caribe; todas estas palabras dicen lo mismo.

Mientras recojo más leña espero que ningún espíritu me atormente más por la maldición que arrojé a Próspero. Él es el culpable de todo. ¿Por qué llegó a esta isla? Mala peste. Yo era quien gobernaba, yo era feliz con los dioses que mi madre Sycorax me enseñó, era feliz con la música que la brisa desprendía al amanecer, además siempre pude encontrar mi propia comida y hacer fuego para mí nada más.

Creo que confundí a Próspero. No sé, pero tenía la necesidad de conocer a un dios tan siquiera, porque todos los demás estaban escondidos en el aire, detrás de la luna y el sol; yo no podía escuchar sus voces, ver sus caras ni olerlos. Próspero y su magia eran la imagen viva de un dios y me llené de emoción cuando me adoptó. Creí en su divinidad y poder, sólo me enseñaron a tenerle devoción a los dioses, por eso serví con gusto a Próspero y a su hija tan hermosa.

En un principio él me envolvió con su trato amable, le ofrecí a cambio mi lealtad, luego me enseñó a hablar porque quería que le explicara todo lo que yo sabía de este lugar y así lo hice. Pero todo cambió aquel día cuando vi a Miranda desnuda, su piel se humedecía en el río, su cabello largo se le pegaba a la piel. Nunca había visto algo así, sentí entre mis piernas un cosquilleo que me hervía la sangre y el pensamiento. Me acerqué sonriendo, quise tocar sus pechos relajados, no pude controlar mi deseo sobre Miranda, ella se asustó y gritó. Próspero nunca me dijo cómo se le hace para que una mujer se deje tocar. Soy un hombre, no soy un monstruo ni una bestia salvaje como él me dice, sólo soy diferente porque mi cuerpo está un poco descompuesto y pesado, pero tengo dos brazos, dos piernas, ojos y boca igual que ellos. Próspero no quiso que llenara la isla de Calibanes porque que piensa que soy inferior sólo porque tengo otras costumbres que le parecen extrañas. Me castigó desde entonces, me convirtió en esclavo, igual que a los de las otras islas los esclavizaron los otros dioses que llegaron del mar como Próspero, con magia superior a todo lo que conocíamos nos hechizaron. Los de las otras islas dicen que ellos traían muchas cosas preciosas y otras que les causaban temor y que ellos les dieron a cambio lo que tenían para los dioses y lo que ellos quisieran. Así estuvo un tiempo todo en paz igual que aquí hasta que empezó el aumento del trabajo y el maltrato.

Yo hago todo lo que me manda Próspero porque si no me tortura con los espíritus, que son sus siervos también y que conquistó igual que a mí con lo que lee en sus libros y tengo miedo de que me mate como mataron a los de las otras islas.

Próspero me dio la capacidad para hablar y entender lo que me pasa, por eso sé decir que no estoy de acuerdo en seguir siendo su lamepies, que soy un esclavo y lo maldigo porque sólo me educó para que trabajara para él y su hija a cambio de nada. Próspero es un tirano ilustre que invadió mi tierra nada más.

Yo quiero seguir siendo quien era, quiero volver a reinar esta isla en paz, bailar y cantar hasta que anochezca Ban, ban, ban, Calibán, Calibán…

Creo que buscaré otro dios para que me ayude a vencerlo y me libere. Un dios valiente y más poderoso, un dios que me traté bien y no me castigue ni me pellizque, que no me grite y me dé tormento cuando estoy soñando que soy libre y que como todo el pescado que quiero; un dios que no me despierte para ir por más leña para el fuego, un dios que tal vez no existe en esta pequeña isla ni en esto que llaman “nuevo mundo”.

Me voy porque ahí viene otro espíritu a las órdenes de Próspero y quiere que le entregue la tarea.

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