Sobre Hamlet —- Los monólogos de clase —– Los personajes

Ophelia

Leilanny Navarro Franco

Pude traer hasta mi destino final mis flores. No ha pasado mucho tiempo desde que abrieron sus pétalos; y rompimos el capullo.

Yo no planeé encontrar mi tumba bajo las aguas del río. Recuerdo mirar al cielo inmóvil y cantar. Mi apretado pecho no encontró manera de pronunciar ni de nombrar mi soledad de otra forma que cantando. Padre, tu flor sabe cantar, soltó su cabello y se hizo silvestre, canté tu ausencia, canté a los rincones y ecos del castillo. Nadie lo entendió así, compasión les brotó de sus rostros y loca de sus excusas, así lo llamaron. “Culpa” lo llamaría yo. Mas lo que yo sentí fue libertad.

El creador así lo designó con su pluma. Yo no conocería la verdadera libertad sino hasta el borde de mi debilidad, después de hallarme huérfana, lejos de mi hermano y despreciada por Hamlet.

Desde que era una pequeña, mi padre y hermano procuraron mi bien… encerrándome en una jaula. Guardaron mi castidad con recelo y yo obedecí. Así hasta que Hamlet vino a requerir mis amores. Fue una sorpresa que Laertes, y posteriormente mi padre, me impidieran algún contacto con el príncipe, por no ser yo de las doncellas más nobles con quien se casaría. No lo entendía, si éramos tan cercanos al rey. Ahora, libre, me atrevo a conjeturar que sí, si yo iba a dar hijos iba a ser a un rey.

Mi matrimonio con Hamlet pudo haberse celebrado, y haber sido alentado por la misma reina, si él no hubiese tornado su cordura a otro fin. Y si hubiese sido seguro que él portaría la corona. Me mandó a un convento porque no me quiso pero me quería. Sentí su deseo colarse por sus palabras bajo mis faldas. En mi regalada tumba gritó para rebajar el amor de mi hermano y enaltecer el suyo por mí. ¡Desgraciado Hamlet! Maldito por mentir a la verdad y desviar de tu madre el rencor hacia Ophelia, la que te amaba.

Yo soy la flor ultrajada, el instrumento del propio creador y de todos a mi alrededor, la que nada tenía que pagar. El loco debía ser Hamlet, pero terminé siendo yo la perdedora en la batalla por el control de mis pensamientos. Y por ser obediente hija, sólo en ese momento, creo haber errado mi camino. Pero perdí todo miedo que pudiera contenerme; no estaba mi padre dándome órdenes, tampoco mi hermano como guardián y mi corazón voló con el viento. Estaba perdida, quizá, pero sin cadenas ni sello en los labios. Así descubrí la clase de mundo en el que había vivido y cómo; entonces escapé.

Si mi cuerpo era enterrado con cristiana sepultura o no, era lo menos importante. El creador evitó que Ophelia presenciara las muertes sucesivas, las merecidas, las de sentencia; ya había visto suficiente. Cuando flotaba en el río, mis pestañas se fueron deslizando para oscurecer mi vista, tras escuchar una voz que me lo ordenaba. La voz era cálida, era verdadera, y me dijo: “Cierra los ojos y me encontrarás, yo te daré consuelo. Duerme, duerme. Nada te espera aquí, que ya nada tiene retorno”.

No me recuerden como la Ophelia obediente e inocente, no me recuerden como la loca ahogada, recuérdenme como la Ophelia libre.

 

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